Ser médico es duro (casi tanto como madrugar un sábado para hacer deporte) . Es duro y más en un país como Guinea donde los medios que tienes son limitados.
Cada día de trabajo te sientes como el protagonista de las películas o series de acción tu infancia; tan pronto haciendo que el respirador de neonatos funcione cortando y uniendo tubos a lo MacGyver o corriendo por el hospital como si fueras Indiana Jones en “En Busca del Arca Perdida” porque un paciente se ha parado y eres el único médico de guardia. A veces incluso oigo la musiquita de Misión Imposible; otras veces la del coche fantástico.
Pero no todo es oro detrás de las bambalinas. Y en el hospital no hay segundas ni terceras tomas. No puedes repetir una escena si ha salido mal; el paciente a veces sólo tiene pocos minutos para ser salvado y no puede permitirse que tu falles… ni tú tampoco. Y es ahí cuando te acuerdas que ser médico es muy duro. Porque a veces todo el esfuerzo que pones no es suficiente para salvar una vida. Haces unos días se me murió una paciente. No pude hacer más con los medios que tenía. Pero aún así duele, aún así la conciencia no se queda tranquila.
Ayer vino a visitarme un paciente que curamos y quería despedirse de mi antes de volver a casa. Su abrazo me reconfortó el alma y me dio fuerzas para continuar, al menos 24 horas más.
Luces y sombras en la vida de una pediatra.

Cuando haces un viaje, y más si es un viaje largo como el que yo he hecho hace ya más de dos meses, piensas que tu vida va a cambiar totalmente y por tanto tu forma de pensar, actuar y en definitiva de percibir el mundo exterior. Pero tras unas semanas de adaptación (que a veces es más fácil y otras no tanto) te das cuenta que has vuelto a tus orígenes y que salvo decorados externos todo sigue igual, sin ningún cambio en tu esencia.
. el miedo. Esperaba su llegada desde que decidí que era el momento de hacer un cambio en mi vida, pero estaba tardando tanto en aparecer que me había relajado.. gran error. Llegó con ganas de anclarse dentro de mí, para ver si podía conseguir que me hundiera en las dudas, y mejor aún en el arrepentimiento por haber haber hecho una mala elección. Empecé a sentir como al miedo le crecían manos que me comprimían el tórax, impidiendo que entrara aire en mis pulmones. La sensación de hundirse era cada vez más real… incluyendo sensación de ahogo. Menos mal que soy gran fan del cine y mientras mi cuerpo experimentaba las peores pesadillas mi mente recordó que cuando huye la suerte ( o en mi caso cuando las dudas o el miedo te impiden ver las cosas con claridad) no hay mejor opción que la que nos enseñó Dory: sigue nadando, sigue nadando…. y si el enemigo te quiere vencer… sigue luchando.
sentimientos. Era como si de repente hubieran absorbido mi energía y hubiera un agujero negro dentro de mí. Pensando en ese momento solo puedo compararlo (por muy freak que suene) a las escenas de Harry Potter donde aparecen los dementores, esa falta total de sentimientos, de sensaciones…