Si te quieren te dejarán marchar

Por fin vuelta a casa. Un respiro de dos semanas. Había pasado tanto tiempo en Guinea que ya el concepto de volver al hogar por vacaciones se me hacía raro. Ya no sabes si han dado mil vueltas las agujas del reloj desde que te marchaste o se quedaron paradas en el momento que dejaste tierra española. Y comienzan los reencuentros. Vas con miedo. Mucho miedo. Miedo de que las vidas de los otros hayan podido seguir sin ti porque, ¿si mi vida sin mí no tiene sentido cómo podrían las de los demás? Esperas que por algún milagro se hayan detenido para que no te hayas perdido nada. Y en un principio todo parece igual, aunque la sensación de tensión que te recorre todo el cuerpo te advierte de  que no te puedes fiar. Dos frases más tarde tienes que aceptar que los meses han pasado y que la gente ha seguido sin ti. El mundo ha avanzado y te has quedado atrás ¿Podrás recortar la distancia en estos días o lentamente irán alejándose de ti hasta que no veas dónde quedan sus pasos? El miedo vuelve con más fuerza. Sigues conversando para hacer que tu mente no se nuble. Charlas al principio sobre lo que has vivido allí. Las cosas parecidas, las cosas diferentes. Como si de una tesis se tratara y fuera el día de la defensa. Pendiente de si aprobarán tu decisión de haberte ido. Te mantienes firme en el atrio esperando su decisión. Y de repente, como si nada hubiera pasado desde tu último abrazo meses atrás, el diálogo pierde sentido. Hablas de la anécdota del dia anterior. De la película que quieres ir a ver al cine o del último cotilleo. Risas, risas, risas. Risas sinceras, risas que te abrazan, risas cálidas y conocidas. Risas que te hacen llorar. Risas que te quieren y hacen que el tiempo y la distancia no sea un problema. Risas que siempre estarán ahí.

Quien te quiere te dejará marchar. Y tú siempre volverás a ellos.  

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