Show must go on

Ser médico es duro (casi tanto como madrugar un sábado para hacer deporte) . Es duro y más en un país como Guinea donde los medios que tienes son limitados.

Cada día de trabajo te sientes como el protagonista de las películas o series de acción tu infancia; tan pronto haciendo que el respirador de neonatos funcione cortando y uniendo tubos a lo MacGyver o corriendo por el hospital como si fueras Indiana Jones en “En Busca del Arca Perdida” porque un paciente se ha parado y eres el único médico de guardia. A veces incluso oigo la musiquita de Misión Imposible; otras veces la del coche fantástico.

Pero no todo es oro detrás de las bambalinas. Y en el hospital no hay segundas ni terceras tomas. No puedes repetir una escena si ha salido mal; el paciente a veces sólo tiene pocos minutos para ser salvado y no puede permitirse que tu falles… ni tú tampoco. Y es ahí cuando te acuerdas que ser médico es muy duro. Porque a veces todo el esfuerzo que pones no es suficiente para salvar una vida. Haces unos días se me murió una paciente. No pude hacer más con los medios que tenía. Pero aún así duele, aún así la conciencia no se queda tranquila.

_20170711_205225Ayer vino a visitarme un paciente que curamos y quería despedirse de mi antes de volver a casa. Su abrazo me reconfortó el alma y me dio fuerzas para continuar, al menos 24 horas más.

Luces y sombras en la vida de una pediatra.

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