Siempre tras una época de entusiasmo abrumador y un tanto idealista viene el momento en el que te chocas con la dura realidad (y menuda torta que me he llevado, vamos que todavía tengo la marca de los dedos en la cara) . Empiezas a ver todas las cosas negativas del nuevo sitio en el que vives y echas de menos absolutamente todo lo español (bueno, todo no, que tampoco hay que exagerar tanto). Yo sobre todo lo que empecé a echar de menos al final de la semana anterior es la independencia. Y no me refiero a cosas feministas ni cosas por el estilo, sino a la independencia como individuo. Poder salir a pasear, poder ir a la compra o coger el coche para visitar algo en la otra punta de la ciudad. Cuando llegamos nos dijeron que todo era muy peligroso y que no se podía hacer nada sin ir acompañado y esa situación ha ido atrapándome hasta encarcelarme por completo. El domingo sentía las esposas apretándome las muñecas sin dejar pasar la sangre y una coraza que me impedía respirar. En ese momento te empiezas a plantear si has hecho una buena elección y hasta empiezas a valorar la vuelta a casa; aunque sea una derrota, aunque hayas fracasado
Pero no todos los días son domingo. Y tras una noche mala llega el lunes, día que tienes libre por la mañana porque por la tarde estás de guardia. Y decides que ya está bien, que no seguirás atrapada porque te has dado cuenta de que las cadenas son palabras, simplemente palabras. Entonces coges tus cascos y tus gafas de sol, paras un coche (como hacen todos los guineanos aquí) y le dices que te lleven al paseo marítimo. Comienzas a dar un paso y después del primero otro más. Las esposas van aflojándose y el aire empieza a fluir por tus pulmones de nuevo. Oyes unas risas y ves a unos niños bañándose en un riachuelo que da al mar. Recuerdas el título de tu libro favorito (El dios de las pequeñas cosas, Arundathi Roy) y asientes con la cabeza, reconociendo la importancia de las cosas que parecen nimiedades en un principio. Sigues caminando, ahora ya con una sonrisa. Has vuelto a ser libre… y dios qué bien sienta la libertad.
